«Encomienda tus obras al Señor, y tus propósitos se afianzarán» (Pr 16:3).
Vivimos en medio de una guerra espiritual real. Y en esa guerra, no solo enfrentamos ataques externos, enfrentamos también nuestra propia naturaleza caída, esa debilidad de la carne que, entrelazada con las circunstancias difíciles del momento, puede volverse especialmente peligrosa.
Pablo lo sabía por experiencia propia. Al final de su segunda carta a los tesalonicenses, pide algo muy concreto: «Oren también para que seamos librados de hombres perversos y malos, porque no todos tienen fe» (2 Ts 3:2). El apóstol, con toda su madurez y autoridad espiritual, no se consideraba inmune a la necesidad de protección. Sabía que hay personas —a veces cercanas, no necesariamente identificadas como enemigas— con corazones caídos, con motivaciones que no honran a Dios, y con percepciones equivocadas de la realidad que terminan siendo usadas en contra del pueblo de Dios.
Por eso pedimos protección. Pero hay un tipo de protección que muchas veces no tenemos tan presente: que Dios nos guarde de reaccionar pecaminosamente cuando esas cosas ocurren. Es fácil responder con ira, lo cual solo produce más pecado. Es fácil perder la confianza en Dios, volverse egocéntrico, volverse escéptico, sospechar de todo el mundo. Ninguna de esas reacciones ayuda al crecimiento de nuestra fe, ni deja un buen testimonio del Cristo que está formando Su imagen en nosotros. Necesitamos protección del enemigo, pero también protección de nosotros mismos.
Pablo mismo confiaba en algo más grande que las circunstancias: «Pero el Señor es fiel y Él los fortalecerá a ustedes y los protegerá del maligno» (2 Ts 3:3). Esa confianza no depende de que las personas cambien de actitud ni de que las circunstancias mejoren. Depende del carácter fiel de Dios. El salmista lo confirma con una imagen sencilla y contundente: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia» (Sal 127:1). Toda la vigilancia humana, todo el esfuerzo por protegerse a sí mismo, resulta insuficiente si Dios no es quien guarda.
Hay una verdad que vale la pena llevar cerca del corazón: si tu Dios y tu testimonio no pueden protegerte, tus palabras tampoco lo lograrán. Si Dios no te defiende, no hay defensa propia que baste. Por eso la exhortación de Proverbios cobra tanto peso: encomienda al Señor tus obras, y confía en que Él establecerá tus pensamientos. Confía en el Dios que determina todo cuanto ocurre — ya sea porque lo envía directamente, o porque lo permite en Su soberanía. Él es, en última instancia, quien responde por todo lo que sucede.
Agárrate de Su mano. Cierra tu puño sobre ella. Y confía en que Él te llevará a puerto seguro.
Únete cada miércoles al tiempo corporativo de oración y ayuno, y usa estos motivos como guía de intercesión.
Motivos de oración:
Para que Dios libre a los líderes y servidores de esta conferencia de personas con motivaciones dañinas que puedan obstaculizar el trabajo que Él ha dispuesto.
Para que, ante la crítica injusta o el conflicto con personas cercanas, cada creyente reciba la gracia de responder con mansedumbre en lugar de reaccionar con ira o resentimiento.
Para que quienes enfrentan hoy circunstancias difíciles no pierdan la confianza en Dios ni se vuelvan escépticos o sospechosos de quienes los rodean.
Para que Dios sea el que edifique y guarde cada aspecto de la preparación de Por Su Causa 2026, de modo que todo esfuerzo humano descanse en Su dirección y no en la sola capacidad organizativa.
Para que cada persona involucrada en este proyecto encomiende sus planes y decisiones al Señor, confiando en que Él establecerá lo que sus propios pensamientos no alcanzan a asegurar.
Para que en medio de cualquier ataque o dificultad que surja en este tiempo, el testimonio de la iglesia permanezca firme, reflejando la fidelidad del Dios que protege a los Suyos.